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20 de febrero de 2013

Confesiones de un novelista por sus Ángeles desamparados

Rafael Vilches Proenza/ Foto: Luis Felipe Rojas
 
 
 
 
Confesiones de un novelista por sus Ángeles desamparados,
a favor del escritor y hermano Ángel Santiesteban.


Por Rafael Vilches Proenza.

Les basta ser, y esto es inexpresable.
Pero nosotros tenemos miedo, y no solo en la oscuridad
sino que en la luz fecunda.
V. Holan





Fueron años difíciles los que escogí para escribir la novela Ángeles desamparados, libro que escribiera entre Santa Clara y Vado del Yeso y que terminara en 1996 en mi casa en Chichacoja, a un costado de Vado del Yeso.
El culpable de la aventura, o del viaje hacia la novela fue ese entrañable ser que es y seguirá siendo para todos sus amigos, por siempre Guillermo Vidal.
Había leído 2 o 3 cuartillas de algo que yo llamaba cuento en un Encuentro de Talleres Literarios en Bayamo a principio de los 90, donde el Guille había sido jurado hacía un momento. Por supuesto que no me dieron ni mención.
Zoelia Frómeta me permitió que acompañara al Guille a almorzar en el entonces Hotel Central, ahora Escuela de Artes Plásticas. Ahí, con dos lacones de por medio, él me pidió que le hablara del cuento, y yo lo hice, le narré una historia y el muy cabrón se atrevió a decirme: “Vilches, ahí tienes una novela, una cabrona novela, hermano”. Y yo entre pasmado e incrédulo le dije “no jodas, que novela ni novela, si son dos míseras cuartillas, solo escritas para participar en el encuentro debate y estar junto a ustedes compartiendo estos momentos”. “Sí”, -dijo- “te lo voy a demostrar”. Y seguimos almorzándonos aquellos dos lacones, que para el período especial por el que estábamos pasando casi todos los habitantes de la isla (o sea, los cubanos de a pie que se ha pasado la vida entera en período especial, que no significa nada bueno ni glorioso, todo lo contrario y por más que luchamos no logramos salir de él) era y sigue siendo un suculento manjar.
Más tarde, en el parque Carlos Manuel de Céspedes, me dijo: escucha, y sacó un libro del peruano Jaime Baily, que yo no sabía quién rayos era en ese momento:  No se lo digas a nadie y me leyó un fragmento, solo un fragmento de la novela, “mira, la novela que vas a escribir deberá estar por ese tono o por esa cuerda, recuérdalo”, - me dijo- “no lo olvides”. Y me leyó las palabras de contracubierta del libro, escritas nada más y nada menos que por Mario Vargas Llosa, a un escritor entonces muy joven y de mi generación. Y ahí comenzó el maldito-bendito viaje hacia una novela que me ha dado muchas alegrías.
Años después, mi amigo y hermano el poeta Omar Parada me prestó dos libros de Jaime, y siguió siendo el mismo escritor fabuloso que un mediodía bayamés me descubriera en su voz Guillermo Vidal mientras esperábamos por la aparición de Zoelia Frómeta en esa preciosa ciudad que sigue siendo Bayamo.
Solo bastaron unos pocos años para que el Guille leyera mi novela y me diera un fuerte abrazo en la plaza cultural de Las Tunas, y otros consejos para que la culminara. Novela que me mereciera la amistad de Mariela Varona, que se la leyó en su original que le fue pasado por Michael Hernández Miranda, que sabe otra historia alrededor de la novela y un premio, pero como es una historia fea, no la cuento, porque no pretendo mencionar nombres. Novela por la cual Martha María Montejo dejó de hacer su programa de las medianoches bayamesas en vivo, y tuvo que hacerlo desde entonces grabado y supervisado, por permitirme leer varios fragmentos de mi entonces novela inédita y al otro día la querían incinerar, degollarla viva, el gobierno, el partido y la dirección de la radio en pleno; pero esa noche estuvimos hasta bien entrada la madrugada compartiendo y recibiendo llamadas de los oyentes que querían comprar la novela, pero aún no se había publicado en ninguna parte. Novela de la cual escribieron Manuel Navea y Carlos Manuel Pérez mucho antes de su primera publicación que solo contó con 600 ejemplares que desaparecieron ese mismo año de las librerías. Novela de la que se volvió un ferviente promotor y prestamista, hasta que no le devolvieron su ejemplar dedicado, mi hermano Luis Felipe Rojas Rosabal, a quien donde quiera que se encuentre vaya mi eterno agradecimiento. Novela que escribí en los años que más recio fue El Periodo Especial, en una casa de tablas y de pencas de guano que se mojaba por todas partes, y que el agua de lluvia permanecía por varias semanas dentro de la casa. Casa en que yo me levantaba temprano todos los días en un verano terrible y desolador y escribía como un loco hasta las 3 o las 4 de la tarde sin parar en mi pequeña máquina de escribir Erika, y mi vecina Ana me traía por la ventana, donde yo estaba apostado, un plato con harina, huevo frito, con manteca de puerco, cuando no había nada más que comer y Betsy se encontraba de vacaciones en Santa Clara con nuestro pequeño hijo. Y no hay en esta novela la más mínima alusión a esos años duros, cuando miraba en el lodo las lombrices gordas y coloradas retorcerse. El hambre de todos los días. Ese vivir a tope sin saber cómo sería el próximo día. No me pasó por la cabeza jugar con el dolor de todos, ya bastaba con las miserias que sufrían y siguen sufriendo mis personajes en la novela.
Hace pocos días cuando fui a felicitar a Mariela Varona por haber terminado de escribir su primera novela, se lo comentaba a su esposo el historiador y amigo Ramón Legón y me dijo muy categórico, “eso fue lo mejor que le pudo pasar a la novela, si no la hubieras envenenado con historias circunstanciales que serán para otra historia o para ninguna”.
Cuando en 2002 la novela se presentó en la Feria Internacional del Libro de La Habana, ahí en el público estaban mientras la presentaba Eduardo Heras León, Guillermo Vidal, Amir Valle, Alberto Garrido, Reinaldo García Blanco, Luis Felipe Rojas, Michael Hernández Miranda, Francisco López Sacha, Bladimir Zamora, Lucy Araujo, entre otros amigos que ahora la memoria no los retiene porque la Sala Lezama Lima estaba llena; ahí también me acompañaba Ángel Santiesteban, que entonces para todos era un gran escritor, y que ahora aunque lo siga siendo se debe encontrar en el infierno, como puede ser para cualquiera que cae en desgracia y por el que estoy pidiendo sin miedo ninguno, porque hoy es él, mañana puede ser cualquiera de nosotros…, ya lo sufrí una vez, y quién levantó la voz por mí o por Manuel García Verdecia: unos pocos, y quién se disculpó con nosotros. Ahora paso por un mal momento del que no hablo, porque las personas involucradas son de mi querencia, y ya una vez traté de aclarar una injusticia, y todo se enredó más, así que ahora no pretendo aclarar nada, y que la vida siga.
Ángel como mismo estuviste aquella mañana en la presentación de mis Ángeles desamparados, y has estado todos estos años de amistad junto a mis martirios y momentos felices, la última vez que nos vimos no fue en la casa de María Antonia, pero si en la casa de unos amigos y hablamos mucho. Ahora levanto la mano para que se haga justicia y sé a lo que me expongo.
Agradezco a todos los que se leyeron mi novela y me dieron sus opiniones valederas y sinceras, a Edgardo Higinio Fonseca que en su momento quiso que yo la reescribiera, a Héctor García Quintana que cuando la estaba editando para la editorial española El Barco Ebrio me hizo releer la novela con mucha calma porque le parecía que le faltaban fragmentos completos, a Yoenia Gallardo que leyó la primera impresión, a Yulia Carrazana que al mecacopiar la novela se comió algún pedazo y fue la culpable de esta reescritura, a Eliécer Almaguer que me obligó a reescribirla en su totalidad sentado a mi lado como un editor quisquilloso y como el amigo y hermano que es. Y nuevamente a La Editorial el Barco Ebrio por confiar en mí y publicarla. Gracias amigos.
Soy una voz que se suma a otras voces por la causa del escritor y amigo Ángel Santiesteban, sabiendo las consecuencias. Libertad para Ángel Santiesteban. ¿Dónde están los que se decían sus amigos? ¿Dónde están los que me decían que era él el mejor narrador de Cuba?
Todos tenemos miedo. Pero hay otra cosa peor que el miedo. Las miserias humanas.

P.D: Juventina Soler me hizo caer en la cuenta que quien presentó mi libro en La Habana fue Guillermo Vidal.