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22 de enero de 2011

Oda al Caballero


RUFO CABALLERO se ganó la admiración por su crítica objetiva y atinada. Todos los artistas comprendían, aunque el criterio les fuera adverso a su obra en cuestión, que sólo le preocupaba, y lo defendía por encima de lo demás, la creatividad, la que respetaba hasta la adoración. El que lograra discernir o asumir su punto de vista, por lo general ascendía en el oficio.

Se convirtió en personaje popular por los programas televisivos y su aparición en un video clip, hizo que pudiéramos compartirlo con el resto de la gama social; sabía equilibrar entre el crítico acérrimo y a la vez capaz de ser simpático, pero sobre todo, con un lenguaje que sin hacer concesiones, supo que el espectador comprendiera el por qué de sus puntos de vista.

En el lanzamiento de mi libro “Dichosos los que lloran”, me dijo cosas bonitas que no sería capaz de repetir, las guardo para evocar en momentos depresivos, y las observaciones agudas las memorizo en cada faena literaria.

Cuando abrí el blog y recibí los ataques institucionales y represivos del Estado, por esos días se encontró en Cienfuegos con un amigo mutuo, y le preguntó en cuál país me había quedado. El otro respondió que en ninguno, continuaba en La Habana, precisamente unos días antes sostuvimos conversación, y como acotación le hizo saber que difícilmente me fuera a otra parte.

Rufo quedó sorprendido porque no concebía que desde adentro se dijeran esas verdades, “un artista, en particular, sabe todo lo que pierde cuando enfrenta al sistema”.

Después nos vimos en alguna esquina del Vedado y se alegró, me dijo que era “un fantasma viviente o un muerto mal enterrado”, y reímos. Después fue más él, me hizo saber que respetaba mi punto de vista porque comprendía que era una necesidad personal por comunicarme, sacarme el veneno que la mayoría tragaba sin respirar para sufrir lo menos posible.

Ahora que Rufo Caballero no está físicamente, nos tenemos que conformar con su espíritu, la vasta obra y su bondad probada.

24 de noviembre de 2010

Concepto de Patria

Foto AP



LOS PRÓCERES INDEPENDENTISTAS De América coincidían en que el continente es una sola Patria. Y sentía que mi amor era más grande que la Isla, tanto que rozaba otras costas y pensé en algún momento que llegaban a confundirse mis límites de fronteras y sentí que pertenecía a todas partes. Con esa duda que me aplastaba, lo primero que intenté fue organizar, aclararme, qué era realmente la Patria. Lo que conocíamos como Patria era el suelo, la tierra por donde caminábamos. Por lo tanto, el ser humano nacido sobre ella no era parte de esa Patria; los árboles, las frutas, los ríos, los animales, las flores, tampoco eran la Patria. Por lo que llegué a la conclusión que no éramos más que objetos, herramientas, adornos, eslabones disponibles para el concepto de Patria, que éramos utilizados al antojo y conveniencia, sobre todo para los políticos que movían la concepción a su favor. Lo que me parecía injusto que la superficie no estaba al servicio nuestro, sino lo contrario; el territorio no había sido
creado para cimentarnos sobre el, aprovecharnos, vivir y sobrevivir como el factor más importante: la raza. En cambio nosotros habíamos sido ideados para que salvaguardáramos los límites, los guardianes del espacio asignado. Y me sentí incómodo.

Y comencé a desconfiar de cierto nacionalismo que se acondicionaba a los sistemas y a los gobiernos, como el concepto de Patria. ¿Quién lo habrá inventado? ¿Qué es un país? ¿Quién decidió por mí los límites del suelo madre que debería de amar y por el que debería morir? ¿Acaso el hecho de que unos hombres se le adelantaran a otros en la conquista es suficiente? ¿Si a la Isla de Pinos hubieran llegado los portugueses primero que los españoles, entonces no fuera parte de nuestra Patria? Y sin embargo, ahora habría que morir por ella. Martí escribió una carta desde su destierro en aquella Isla, y se decía lejos de la Patria.

¿En una de las tantas guerras, ahora casi inexplicables, que existieron en la época, la mitad de la Isla de Cuba no pudo haber quedado dividida como Haití y Dominicana, que ni siquiera hablan el mismo idioma en aquella misma porción de tierra, sabiendo además, que esta última isla era parte de la nuestra y fue separada hace millones de años por una fenómeno sísmico, y que a su vez la Isla de Cuba también lo fue del resto del continente por un fenómeno similar?

¿Si Jamaica se hubiera mantenido bajo el dominio español fuera parte de la llamada Patria, como lo es ahora la Isla de Pinos? ¿Si las Islas que aún son colonias de las grandes potencias son conminadas a enfrentar una guerra con las islas vecinas, qué de patriótico tendría? ¿Patria? Entonces, ¿qué es la Patria? ¿Qué es un país? ¿Patria será sentir la extrañeza material del medio donde crecimos? ¿Será la añoranza? ¿Los que viven en Los Ángeles sienten como Patria a México o a los Estados Unidos de América? ¿La generación de los hijos que nadie quiso, mientras estuvo en la Base Naval de Guantánamo, en qué territorio se sentían?... ¿El mero hecho histórico y geográfico es suficiente para regir los sentimientos humanos? ¿El cielo de un país es importante? ¿De quién son las estrellas? ¿Qué es el cielo? La tierra da vueltas sin cesar y ese forro azul va cubriendo otras porciones de tierra, de Patrias también. ¿El cielo que vemos ahora será el mismo de ayer o de mañana? ¿Y las estrellas no correrán junto al manto oscuro como pegados a una cortina?

¿Cuál es nuestra agua cálida? El agua choca con las paredes del Caribe como una pelota de ping-pong o el balón que entra en la portería como gol después de burlar a Cuba, que juega como portero, y el resto de las Islas como defensas. ¿Quién administra el agua que nos rodea, cómo hacemos para no dejarlas ir y juntarse con las que cruzarán el océano hasta llegar a otro continente y viceversa?

¿Cuál es la tierra que guarda a nuestros antepasados y sus tradiciones, si nuestros ancestros
estuvieron durante muchos más siglos en Europa y en África que en América?
¿Qué es la Patria?
¿Cuál es la Patria?
¿Dónde está la Patria?

Sé que son preguntas ingenuas, tontas, puros lugares comunes; pero muchas de sus respuestas han servido de consignas políticas y mucha sangre se derramó por ellas. Yo sabía, o podía entender, que la Patria es el “Ser social”, una condición de vida que está en cada instante de nosotros, que nos caracteriza como pueblo. La manera de comer, caminar, hablar, gesticular, hacer el amor, mirar, respirar; pero también llegué a la conclusión de que todos esos detalles vivían dentro de mí, estaban asimilados y eran parte del “yo”, entonces, si podía deambular de un lado a otro con todos ellos, me afianzaría a algo más sólido y eterno: pertenecería al partido de la creación, y a una Patria sin límites ni mares ni fronteras adyacentes, definitivamente, como dijo el Apostol: “Patria es Humanidad”. En una entrevista que le hicieron a Gastón Baquero, el gran poeta cubano que había vivido exiliado en España por más de treinta años, respondió que él nunca se había sentido lejos de la Isla, porque se la había llevado consigo, dentro de sí; todo lo que le interesaba del Universo estaba allí dentro... “Mi país lo llevo conmigo, en mi castillo interior. En cualquier punto del planeta donde uno se encuentre, se está a la misma distancia de las estrellas”.

¿Acaso todo no será más que la identidad, aquello que nos rodea desde el nacimiento, las pequeñas costumbres que se juntan y se forman y nos rigen? ¿No será más que los códigos y símbolos con que nos educaron y crecimos y a pesar de nosotros viven en el subconsciente?

Por eso nada vale tanto sacrificio, la verdadera Patria está dentro de uno, en los intereses que podamos perseguir, en nuestras ambiciones y sueños: The rest is silence.

10 de octubre de 2010

Como conejos


Foto Yoandri Jiménez

UN AMIGO PERIODISTA DE Bayamo me contó que en el año noventa tenía seis años, iba camino a la escuela y su madre le habló sobre el período especial. De alguna manera, intentaba prepararlo para la contienda que se avecinaba. Luego ella le confesó que no tenía idea de hasta dónde y cuánto se iba a recrudecer. Jamás imaginó ver y hacer lo que después enfrentó la sociedad cubana.

Mi amigo periodista recuerda a a su padre y hermano mayor, graduado de ingeniero o cibernético, cuando iban en bicicleta cuarenta kilómetros, sólo de ida, a recoger cangre de yuca para los conejos que consiguieron a cambio del televisor. Su papá dijo que la telenovela no era más importante que la nutrición. Su madre cerró los ojos y se mordió la lengua. Mi amigo desde su infancia justificada, protestó, exigió su espacio de dibujos animados. Su viejo lo interpeló asegurándole que eso tampoco era más primordial que su alimentación. En aquel entonces, pensó que su progeniitor era injusto, pues su horario de aventuras era más significativo que la comida. Luego que recogían el cangre, regresaban otros cuarenta kilómetros, pero ambos con el peso de un saco en la parrilla de la bicicleta.

Por suerte no recuerda los zapatos de tela que su madre le cosía, pero no puede olvidar el olor de arroz con tomate que su familia comía para reservarle a él, el último huevo de la cuota.

También recuerda la discusión entre su padre y el hermano, quien exaltado, exigía a el derecho de esconder en el mismo saco de cangre, algunos pedazos de yuca abandonados en el campo después de la cosecha. Su papá negaba con rabia: en mi casa no se roba, carajo. Su hermano aseguró que entonces no le quedaba otro camino y los besó a todos, aunque su padre no le respondió el gesto.

Pensaron que a lo sumo, se iría a de la casa por unos días, luego regresaría. Y pasaron los primeros días. Cada vez que tocaban a la puerta el viejo hacía un gesto por abrir, pero prefería mantenerse en su lugar y que lo hiciera otro, balbuceaba.

Entonces llegó la llamada telefónica a la casa del vecino. Apúrate, que es de larga distancia, gritaron.
–Ahora qué hace ese muchacho en La Habana –rezongó. Y rechazó las ganas de correr, preguntarle cómo estaba y cuándo regresaba a casa.

Mi amigo recuerda que su madre regresó llorando. Su papá protestó, se lloraba sólo por los muertos, dijo.
–Casi –dijo la madre.
El padre se mantuvo tenso, algo iba a suceder en su familia.
–Nuestro hijo está en Miami –dijo ella.

Mi amigo recuerda que su padre comenzó a llorar como si fuera un niño y no había nada que lo calmara. Los conejos comenzaron a sacrificarse pues el viejo perdió la voluntad, las fuerzas para recorrer aquella distancia.

Ahora mi amigo es periodista, hizo la universidad en Santiago de Cuba, y gracias a la ayuda económica de su hermano, pudo mantener su vida en esa ciudad desconocida y sin familia que lo pudieran auxiliar. Tiene computadora. Ropa y dinero en el bolsillo.

–Gracias a mi hermano –me dice–. Lo que no puedo entender ni perdonar, es que si ambos somos profesionales, ¿por qué tengo que vivir de su dinero?

7 de octubre de 2010

El tesoro

Foto AP

ERA MI BARRIO Y CON MI Moto cruzaba las calles como un Quijote caribeño en pleno año de 1992. Una tarde, doblo en la esquina a de mi casa y reparo en un vecino que está inmóviil sobre su bicicleta, un pie sobre el contén de la acera, el otro pie en la calle, un brazo sobre el timón, la cabeza descansaba sobre el antebrazo sirviéndole de almohada, y parecía un muñeco de trapo. Algo raro percibí en aquel señor que desde niño veía entrar a una casa cercana a la mía, y giré el timón de la moto para regresar. Cuanto estuve a su lado pude percibir que a pesar de sentir el ruido del motor no levantaba la cabeza.

Le pregunté si podía ayudarlo. Dijo algo que no pude entender, bajé la aceleración del motor y me acerqué, él ladeó la suya y pude verle el rostro pálido, sujétame, dijo; con rapidez apagué la moto y le tomé el brazo, tengo mareo, volvió a decir, y sentí que su cuerpo temblaba como la hoja de un libro. Le sugerí que respirara profundamente. Apenas lo pudo hacer. A veces sus piernas se doblaban. Descubrí que a pesar de su debilidad, protegía algo en su otra mano, tiene el puño cerraado junto al pecho. Me ofrecía para sostenerlo y negó con un gesto. Hizo un esfuerzo y levantó la cabeza para reparar en mí. Me mantengo sujetándolo. Dijo saber que no debió hacerlo, pero no tuvo otra opción. Para el almuerzo sólo tenía un poco de arroz, y fue a casa de su cuñada a buscar algo para que al menos, su esposa, tuviera con qué acompañarlo. Él no, llevaba una semana con arroz solo y no se quejaba; pero sabía que ella, aunque hiciera todo un esfuerzo no podría comerlo; entonces la cuñada le dio el último que le quedaba, y miró el puño cerrado. Luego, con mucho cuidado, fue abriendo la mano, y ante mis ojos apareció un huevo de gallina.

6 de octubre de 2010

El color de la vida

Camilo Cienfuegos, por Alexis Esquivel

ESA MAÑANA MI Madre no amenazó con que si dejaba el desayuno no iría al estudio de Salvador para verlo pintar. Esas palabras bastaban para que aceptara cualquiera de sus mandamientos.
Salvador se había acostumbrado a mi presencia. Aprendí a no molestarlo. Desde una esquina
observaba su ritual de prepara ar los óleos con el cuidado del gran alquimista. Intentaba aprender cada gesto porque aspiraba a ser su amanuense. Para mí la felicidad era poder algún día sostener su paleta, apretar los tubos, y hasta con el tiempo, ayudarlo en un trazo preciso. Me deleitaba mirar cómo el lienzo iba cediendo espacio a otros colores. Sin querer me introducía en un mundo de líneas, puntos, calidoscopios de imágenes que nunca eran repetidas. Al final, fatigado, lo tapaba con un paño blanquísimo para protegerlo de e los ojos de su hija y su esposa.

Pero esa mañana mi madre no mencionó a mi amigo Salvador. Y yo como símbolo de desobediencia dejaba el vaso de leche completamente lleno. Miraba a sus ojos pero ella me evitaba. Dijo que ya no podría verlo pintar: falleció al a amanecer. Desconocía esa palabra y alcé los hombros. Entonces explicó que la muerte era como el tío que se fue en balsa y no volveríamos a ver. Y corrí a tomarme la leche, no quería ese castigo, pero ella me detuvo para apretarme contra su pecho. Esa mañana me quedé dormido sobre el sofá y tuve fiebre. Las vecinas pasaban cerca de mí y me observaban con lástima. Con misterio se hablaban al oído. El estudio de Salvador no lo volvieron a abrir en mi presencia. Perdí el apetito y mis espacios parecían que nunca podrían volver a llenarse.

Hasta que miré por la ventana de la casa de Salvador y lo vi escondido en el verde de su último cuadro, se puso un dedo en los labios para que no lo descubriera, entonces reí. Callé el último secreto que él compartía conmigo. Me enseñó a no revelar los temas que pintaba cuando preguntaran los curiosos. A veces me sorprendían conversando con él. Me bastaba con saber que seguía allí, dándole los toques finales a un cuadro inacabable. Por eso, a partir de ese día en que conocí que la muerte no es concluyente, estoy loco para el resto del mundo. Comenzaron a darme pastillas que el sicólogo recomendó.

Desde esa experiencia lucho contra lo que parece definitivo. Sé que detrás de cada aliento, imagen y palabra, existe el arrojo de alguien que espera con paciencia ser escuchado, visto, nombrado. La oportunidad también es un grito de esperanza.

4 de octubre de 2010

Madres de la Plaza de Agosto II

Foto Karel Poort


LOS FAMILIARES, después de varios días de andar por la playa, aseguraban a las madres que ya no se podía hacer nada por encontrar a sus hijos, el mar no los devolvería, y lograban convencerlas de que debían abandonar la costa y volver a sus casas, no sin antes dejarlas hacer el último ritual: con sus pies hinchados, y sus cabellos despeinados de tantos halones porque no tenían otro desahogo que la rabia, se arrodillaban para mirar el mar con una mezcla de rencor por haberle arrebatado a sus hijos.

Mientras oraban, las olas iban alejando las flores que lanzaron las familias. Los padrinos, para protección de sus ahijados, movían los caracoles y los tiraban en la arena y los rociaban con humo de tabaco, miel y aguardiente; luego descifraban la letra y en plena comunicación con los dioses, rompían un coco con la esperanza de que ese acto deshiciera los maleficios y espantara los malos espíritus que pudieran rodearlos, y echaban al mar la masa blanca que contrastaba con el azul del agua y los peces acudían con prisa para probar, mientras se escuchaban los rezos desesperados y las promesas que ofrecían los dolientes. El padrino decía que en pago por sus cuidados, los santos pedían comida para la prenda con sangre de gallo y chivo. Al final, terminaban la ceremonia, ofrendando a Yemayá un pato vivo que, asustado, superaba el oleaje, movía las alas y se alejaba desesperado en un intento de escapar o festejar la libertad; mientras los niños, agazapados en el agua, esperaban a que los familiares lo perdieran de vista, para atraparlo y esconderlo en un saco junto a otros, con la intención de revenderlos o llevarlos como aporte a la comida familiar.

Y esto sucedía cuando en la arena, aún quedaban las siluetas de sus pisadas antes de montar las balsas.

2 de octubre de 2010

Madres de la Plaza de Agosto I

Foto Karel Poort

CUANDO EN AGOSTO De 94 la generación de los hijos que nadie quiso, preparaban las balsas en las costas cubanas, se podían escuchar los gritos de las madres que buscaban a sus hijos hacía varias noches, y el mar, turbio, dejaba escapar un largo bramido al romper contra los arrecifes.

Amanecía y andaban aún con los faroles encendidos a plena luz del día. El mar sólo les devolvió las embarcaciones vacías y ellas querían los cuerpos para enterrarlos. Me pregunto de qué sirve que lo entierren a uno después de muerto, qué diferencia hay entre estar cubierto de tierra o de agua.

Lo cierto es que algunas madres habían perdido la esperanza y miraban inseguras a sus nietos que sujetaban de la mano sin saber qué hacer. Me negué a verlas para no fijar en mi mente las imágenes angustiosas que le quitan la fuerza al más optimista: ver por la playa a esas mujeres ojerosas, halando de un lado a otro sin descansar a aquellos niños descalzos y hambrientos, con la ropa humeda por la neblina y el rocío, mirando el agua como si esperaran el momento milagroso en que aparecieran, flotando, los cuerpos de sus hijos; y al mismo tiempo, verles reflejado el temor de que realmente ocurra, cuando los confundían con algún tronco o pedazo de lona devuelto por la marea. Cada vez que el mar traía un objeto, se acercaban desesperadas, los gritos de horror los recibíamos espantados, temiendo que el mal presagio se hiciera realidad. Sus ojos se movían con rapidez en busca de un detalle conocido y el objeto viajaba de mano en mano, y ellas temblorosas, clavaban sus uñas tratando de desenterrar un
quejido o un aliento. Intentaban interrogar un remo, una vela, un pomo, a veces un nylon, para averiguar qué había sido de sus hijos. “Aún buscan las madres en la sombra la sonrisa de sus hijos”, había escrito José Martí en el primer aniversario del fusilamiento de los estudiantes de medicina en La Habana, “aún extienden los brazos para estrecharlos en su pecho, aún brotan de sus ojos raudales de amarguísimo
llanto”.

Y estas madres, a orillas de las playas, lloraban también por sus hijos inocentes.