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4 de octubre de 2010

Madres de la Plaza de Agosto II

Foto Karel Poort


LOS FAMILIARES, después de varios días de andar por la playa, aseguraban a las madres que ya no se podía hacer nada por encontrar a sus hijos, el mar no los devolvería, y lograban convencerlas de que debían abandonar la costa y volver a sus casas, no sin antes dejarlas hacer el último ritual: con sus pies hinchados, y sus cabellos despeinados de tantos halones porque no tenían otro desahogo que la rabia, se arrodillaban para mirar el mar con una mezcla de rencor por haberle arrebatado a sus hijos.

Mientras oraban, las olas iban alejando las flores que lanzaron las familias. Los padrinos, para protección de sus ahijados, movían los caracoles y los tiraban en la arena y los rociaban con humo de tabaco, miel y aguardiente; luego descifraban la letra y en plena comunicación con los dioses, rompían un coco con la esperanza de que ese acto deshiciera los maleficios y espantara los malos espíritus que pudieran rodearlos, y echaban al mar la masa blanca que contrastaba con el azul del agua y los peces acudían con prisa para probar, mientras se escuchaban los rezos desesperados y las promesas que ofrecían los dolientes. El padrino decía que en pago por sus cuidados, los santos pedían comida para la prenda con sangre de gallo y chivo. Al final, terminaban la ceremonia, ofrendando a Yemayá un pato vivo que, asustado, superaba el oleaje, movía las alas y se alejaba desesperado en un intento de escapar o festejar la libertad; mientras los niños, agazapados en el agua, esperaban a que los familiares lo perdieran de vista, para atraparlo y esconderlo en un saco junto a otros, con la intención de revenderlos o llevarlos como aporte a la comida familiar.

Y esto sucedía cuando en la arena, aún quedaban las siluetas de sus pisadas antes de montar las balsas.

2 de octubre de 2010

Madres de la Plaza de Agosto I

Foto Karel Poort

CUANDO EN AGOSTO De 94 la generación de los hijos que nadie quiso, preparaban las balsas en las costas cubanas, se podían escuchar los gritos de las madres que buscaban a sus hijos hacía varias noches, y el mar, turbio, dejaba escapar un largo bramido al romper contra los arrecifes.

Amanecía y andaban aún con los faroles encendidos a plena luz del día. El mar sólo les devolvió las embarcaciones vacías y ellas querían los cuerpos para enterrarlos. Me pregunto de qué sirve que lo entierren a uno después de muerto, qué diferencia hay entre estar cubierto de tierra o de agua.

Lo cierto es que algunas madres habían perdido la esperanza y miraban inseguras a sus nietos que sujetaban de la mano sin saber qué hacer. Me negué a verlas para no fijar en mi mente las imágenes angustiosas que le quitan la fuerza al más optimista: ver por la playa a esas mujeres ojerosas, halando de un lado a otro sin descansar a aquellos niños descalzos y hambrientos, con la ropa humeda por la neblina y el rocío, mirando el agua como si esperaran el momento milagroso en que aparecieran, flotando, los cuerpos de sus hijos; y al mismo tiempo, verles reflejado el temor de que realmente ocurra, cuando los confundían con algún tronco o pedazo de lona devuelto por la marea. Cada vez que el mar traía un objeto, se acercaban desesperadas, los gritos de horror los recibíamos espantados, temiendo que el mal presagio se hiciera realidad. Sus ojos se movían con rapidez en busca de un detalle conocido y el objeto viajaba de mano en mano, y ellas temblorosas, clavaban sus uñas tratando de desenterrar un
quejido o un aliento. Intentaban interrogar un remo, una vela, un pomo, a veces un nylon, para averiguar qué había sido de sus hijos. “Aún buscan las madres en la sombra la sonrisa de sus hijos”, había escrito José Martí en el primer aniversario del fusilamiento de los estudiantes de medicina en La Habana, “aún extienden los brazos para estrecharlos en su pecho, aún brotan de sus ojos raudales de amarguísimo
llanto”.

Y estas madres, a orillas de las playas, lloraban también por sus hijos inocentes.