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27 de febrero de 2013

Los cambios y el PEN Club


Los amigos solapados o abiertos del Gobierno cubano tienen razón cuando hablan y escriben de transformaciones en el trabajo represivo del régimen. Es verdad, siempre son otros los perseguidos. En cada periodo hay nuevos rostros y nuevos nombres. Ahí radican los cambios reales.

Esta semana, el Comité de Escritores en Prisión del PEN Club ha difundido un documento en el que denuncia una nueva ola de hostigamiento contra periodistas y escritores en Cuba.

La institución rechaza el encarcelamiento sin juicio, en septiembre de 2012, del periodista Calixto Ramón Martínez. Lamenta la condena a 14 años por espionaje a José Antonio Torres, corresponsal de Granma, órgano del Partido Comunista, y sentencia a cinco años por allanamiento y asalto al escritor Ángel Santisteban.

El Pen Club solicita pide la liberación inmediata de Martínez Arias. Y demanda que las autoridades den garantías de que las condenas contra Torres y Santiesteban no estén relacionadas con sus reportajes, y que hagan públicos sus juicios.

Las caras y las vidas son otras. El calabozo es el mismo. 


Raúl Rivero Castañeda

Publicado en El Mundo

13 de febrero de 2013

Contra la Inteligencia III

Contra la Inteligencia I 

Contra la Inteligencia II

Después que el oficial sacara de la celda a los reclusos y quedáramos solos me dijo que era miembro de la Seguridad del Estado y su nombre era Aníbal, que su intención no era golpearme, que deseaban dialogar porque estaban preocupados por mi golpiza y mi huelga de hambre y sed. Me pidió que accediera a acompañarlos al cuarto de interrogatorio que allí había mejores condiciones. Le dije que para él serían mejores porque yo vivía en aquellas inmundas cuatro paredes desde hacía más de dos días. Continué negándole la posibilidad de dialogar, a esas alturas lo único que deseaba era un enfrentamiento físico y le pedí que se fuera de la celda. Me recordó que yo era un intelectual. Le aseguré que por eso mismo no tenía que conversar nada con él. Estuvo insistiendo por un rato y el oficial hablaba paciente y casi rogaba porque lo atendiera, a menos lo escuchara. Accedí a que hiciera su monólogo. Se mantuvo en la preocupación de mi estado de salud, que deseaban llevarme al médico. Seguí negando, lo dije que ya me habían reconocido y las costillas parecían fracturadas, para eso había que hacerme una placa de rayos x y el equipo lo tenían roto; según la doctora esa dolencia no llevaba otra medicación que soportar los dolores a base de calmantes.
El oficial quiso convencerme de hacer otro reconocimiento médico. Definitivamente le dije que no. Me insistió en traer un médico a la unidad. Le aseguré que no aceptaría que me reconocieran. Luego quiso que ingiriera alimento. Le dije que tenía la decisión de salir muerto de aquella celda, y que mi huelga de hambre y de sed no era para exigir mi libertad, la cual no me preocupaba pues el lujo de pasarme el día acostado era algo que en mi vida había hecho pocas veces y cuando me enfermaba La huelga de hambre se debía a que era la única posibilidad que me permitían para protestar por sus abusos y sus faltas de libertades. El oficial siempre me escuchaba atento y en silencio, como queriendo desentrañar mis intenciones o dándome la posibilidad a desahogarme.
Después de un rato le dije que no deseaba hacerle perder más el tiempo y que se retirara. Se lo dije con seriedad pero en el fondo sentía la burla de hacerlo entender que aquel espacio era mi casa, y en realidad en ese momento así lo sentía, era mi espacio y nadie tenía el derecho a estar allí en contra de mi voluntad. Accedió no sin antes pedirme la oportunidad de volver a conversar en otro momento. Por tal que se fuera acepté.

Visita del médico

En la mañana me hizo una treta y cuando me sacaron y llegué al cuarto de interrogatorio estaba esperándome con un médico, ni siquiera entré, di media vuelta y regresé molesto a mi celda, llamé al carcelero para que la abriera, detrás de mí venía el mismo oficial de la seguridad llamado Anibal diciéndome que estaban preocupados por mí salud. Le advertí al carcelero que no volviera a abrir la celda para mí porque no iba a salir más.

En aquella profunda oscuridad que me rodeaba, a pesar de todo, sentía una luz que surgía desde la angustia y el dolor más que sico y de mi esencia, un placer por sentir que hacía las cosas como mi alma me dictaba. Le pedía a Dios que alguien hubiera grabado las escenas de la golpiza, que existiera un testimonio para demostrarle al mundo de lo que era capaz de hacer un gobierno totalitario contra los que osan desafiarlos, si así podemos llamar al hecho de presentarnos en el lugar para apoyar a los padres de Antonio Rodiles y también, por qué no, como forma de protesta por la arbitraria detención. 

 Pasaron varias horas y el oficial se asomó a la celda; dijo que el médico se había ido, que deseaba conversar conmigo como la primera vez, que ahora no habría sorpresas, que necesitaba detalles sobre lo que ocurrido cuando me apresaron. Como deseaba exteriorizar mis molestias accedí. Le hice un recuento de lo sucedido, el abuso y atropello que cometieron, pero sobre todo lo que más necesitaba era entenderlos, algo que me parecía imposible, pero si soy escritor es porque la única ambición que siempre me ha perseguido es entender a las personas, llegar a la entraña de los acontecimientos y comprender, aunque no comparta su naturaleza misma, qué los lleva a proceder. Más que hablar yo quería escucharlo a él, y por sus preguntas supe cuáles eran sus preocupaciones.

Diálogo con el representante de la Seguridad del Estado

Le dije que lo más sorpresivo para mí era la ineptitud de quienes representaban la seguridad del país. Aquellos no eran hombres elegidos por su capacidad de pensar, ni siquiera por su ideología o decisión de luchar por una causa, eran matones, mercenarios casi anormales que prestaban su falta de visión, su incapacidad mental y facilidad de manipulación a los que tenían el poder, pero que esos eran los mismos que usaba Batista. Que en los tiempos de dictadura surgen esos espécimen que no creen ni en su familia, que solo quieren satisfacer su abuso desmedido y su patología es la de ocasionar el terror como enfermos que son. El oficial nunca me contradecía. Hablamos de mi comienzo como disidente a partir que abriera el blog. Mi gran intención era decir lo que ocurría en el sector de la cultura pero siempre con la esperanza de buscar soluciones, dialogar, intercambiar criterios. Pero para el Gobierno no existe otro camino de si no me apoyas eres mi enemigo, y realmente prefería ser su enemigo que callar. Escojo sufrir que obtener algún beneficio del sistema. Morir que vivir de sus dádivas.
Había comenzado con aquellos post que tendían a ser más literarios que periodísticos, pero sobre todo desde el punto de vista cultural, del escritor que me conminaba a escribirlos. Y el Estado comenzó -a base de repudio, asalto físico, abuso, amenazas, marginación cultural, y embustes legales para desacreditarme ante la opinión pública y asegurar mi confinamiento sin apoyo solidario internacionall- a empujarme hasta convertirme en un opositor acérrimo y un activista por los Derechos Humanos. Le dije que en los años noventa en una entrevista que me hicieran en la televisión mexicana, había dicho que deseaba multipartidismo para Cuba y, quizá, luego de las diferentes propuestas de los partidos, hasta cabía la posibilidad que votara por el partido de Fidel, pero luego de escoger la propuesta de gestión gubernamental más acertada para el pueblo de mi país, pero jamás impuesta por un dictador.
Por aquel entonces alguien me dijo que aquella entrevista estuvo circulando entre algunos funcionarios en un casete VHS.
El oficial al final me hizo saber que se valoraba la posibilidad de mantener o suprimir los cargos en mi contra. Le corregí, y le dije que en todo caso estarían valorando cómo justificar la golpiza porque no había cometido ningún delito.
Regresé a la celda. Era domingo y el silencio debía recorrer la calle, pero las celdas son como una constante obra de teatro. Los conflictos son disímiles con tempo americano. Se desarrollan con rapidez, con acción, lenguaje de adulto y violencia, pero nunca falta el toque de humor. Surgen personajes interesantes, a veces analfabetos pero con una riqueza natural de simpatía que llegas a quererlos.
Sobre todo habría que destacar la solidaridad de los marginales. Ante nuestra realidad ellos sienten que nos apoyan, pero que no tienen la vergüenza y el respeto para desarrollarlo. Son inverosímiles ante esa realidad. Su procedencia delictiva los marca como reses al patíbulo. No tienen opción que morir en silencio porque el solo hecho de exigir sus derechos humanos más elementales podría causar burla y descrédito ante el resto de los detenidos. Pero en nosotros ellos sienten que de alguna manera defendemos sus derechos, sus razones, que de alguna manera, o de todas, estamos exigiendo por ellos los que nos toca a todo. Y les gusta que les hagamos entender, explicarles la Demanda Ciudadana Por Otra Cuba, el Pacto de los Derechos Políticos y Civiles de las Naciones Unidas que Cuba firmó el 28 de febrero de 2008 en Nueva York, donde en principio acataba esas garantías y ahora exigimos su ratificación y puesta en vigor de inmediato de esos derechos. Siempre escuchan atentos, quizá no lo entiendan todo, pero parte de ello, o su esencia, les conmina a apoyarlas y de inmediato preguntan cómo hacer para apoyarla.

Regresa el oficial de la Seguridad del Estado

El oficial acompaña al carcelero hasta la puerta de mi celda y espera que salga, me dice que lo acompañe hasta el cuarto de interrogatorio. Accedo. Allí, de forma teatral, da un regodeo por las circunstancias ocurridas, y que el Alto Mando después de valorarlos ha llegado a la determinación, y continuaba hablando sin dar la información final. Comprendí que mantendrían los cargos, algo que no me sorprendía y a lo que estaba preparado, y antes de terminar le reafirmé que las acusaciones permanecían en mi contra. Entonces comprendí que era un regodeo en espera que dijera lo que pensaba, quizá buscando en mí un punto débil y que pidiera clemencia, pero con ellos siempre estoy preparado para lo peor. No, me corrigió, realmente se ha decidido liberarte sin cargos. Dentro de unas horas te vas de libertad.
Era la hora de almuerzo y los matones de la seguridad que me acompañaban, que habían sacrificado a dormir en aquella celda para que me hicieran compañía, estaban desesperados para que me fuera para almorzar su comida de oficiales, ya se habían negado a desayunar, y realmente su paciencia se agotaba. En la mañana habían sacado a uno de ellos, supongo que fuera el jefe del grupo y que les trajera información de lo que sucedería, y de paso, saliera responder mi actitud y conversaciones políticas.
Un rato después me sacaron, me devolvieron la ropa. Me sacaron del área de los calabozos hasta la parte alta de la unidad policial, alguien llamó por teléfono y hubo una contraorden y me restituyeron a los calabozos. Pasó como media hora. Después me sacaron otra vez, me preguntaron si yo tenía otro celular. Dije que no. Me subieron para liberarme, no sin antes intentar imponerme un auto de patrulla hasta mi casa. Dije que no había pedido servicio de taxi, que tenía dinero para pagarlo en caso de desearlo. El oficial me propuso llevarme en su auto con chapa particular. Le dije que no. No tuvieron más opción que dejarme ir. Tres autos me seguían, querían saber hacia dónde me dirigía.
Al otro día fui para casa de Yoani. Mi resolución al enterarme que Rodiles continuaba detenido, fue de volver frente a la estación policial. Pero ella me dijo que los padres querían agotar primero las vías “legales”, que debíamos respetar sus decisiones. Era cierto, luchábamos por los respetos individuales. Seguí para casa de Rodiles, conversé con los padres y acordamos que una vez terminada las gestiones de la abogada, volveríamos todos a la unidad policial. Eso fue una determinación general.
Entonces nos concentramos en apoyar a la familia, a la abogada y continuar con el Proyecto Estado de Sats y con la Demanda Ciudadana Por Otra Cuba aunque Antonio Rodiles no se encontrara para dirigirlos, pero esa era la manera de pagar el sufrimiento que vivía en aquellas mazmorras.
A pesar del fuerte cordón policial que rodeaba la unidad día y noche, pudimos llegar hasta la esquina Manolo Rodiles, Ailer González y yo, con los pulóveres puestos que exigían la libertad de Antonio.
Diecinueve días después le dieron la libertad, cuando el morado del ojo se había disipado. Todos habíamos aprendido la gran lección una vez más, luchábamos por un Estado de Derechos. Y las fuerzas se multiplicaban. 

Ángel Santiesteban-Prats
Escritor cubano.

8 de diciembre de 2012

Contra la Inteligencia II



Cuando llegamos a la unidad policial de Aguilera, me condujeron a los calabozos. Los guardias me sostenían por los brazos, casi iba a rastras. No tenía fuerzas, las dolencias me recorrían el cuerpo, pero sobre todo los golpes en las costillas hacían que me faltara el aire y era como un cuchillo que me hincaba una y otra vez. No quería gritar de dolor para no darles el gusto de verme sufrir, aunque las ganas no me faltaban.
Me bajaron al sótano del edificio. El mal olor avisaba la cercanía de los calabozos. Se abrieron varias rejas Tenía los ojos cerrados, el malestar me nublaba la visión. Me dejaron sobre la cama de concreto de la celda. Me mantuve varias horas luchando por detener la respiración, cada vez que lo hacía sentía la punta del cuchillo lacerándome las costillas. Luego, lentamente, comenzó el alivio.
Un guardia me preguntó si iba a almorzar. Le dije que no. ¿Estás en huelga de hambre? Le respondí que sí. Se alejó y escuché que se lo informaba a su superior, mientras éste le precisaba que me hiciera entender que no le daba importancia. Dijo que así lo había hecho. Lo que no fue cierto, porque cuando le comuniqué mi decisión de no alimentarme, se quedó mirándome preocupado, muy preocupado.
Al rato pasó por delante de mi celda el fotógrafo Claudio Fuentes, a quien habían apresado conmigo. Lo llevaban a almorzar. Me saludó y en sus ojos vi la sorpresa de ver mi estado de calamidad con la camisa raída y ensangrentada. Le pregunté por Yoani Sánchez, me dijo que no sabía de ella. Le pregunté por la abogada Laritza y me dijo que la habían soltado la noche antes y que estaba en la misma celda que yo me encontraba ahora. Al menos tuve unos segundos de alegría. ¿Y de Antonio Rodiles? Nada, no sabía de nadie más, me dijo, y el guardia le gritó, para que se apresurara, que no conversara conmigo.
Esa noche, luego de negarme a comer, decidieron cambiarme de celda. Me unieron con Claudio. Nos dio tremenda alegría poder conversar. En la pared, en letras bien grandes, habían escrito: Abajo Fidel. Vivan los Derechos Humanos. Casi no dormimos. La pasamos hablando de cine, fotografía, novias, literatura, historia, y de los sueños de justicia que ambos anhelábamos para Cuba.
La pregunta recurrente que nos repetíamos era si habrían soltado a Yoani, o si aún la mantendrían apresada. Recordaba que todo el tiempo, durante el altercado con la policía, mi gran preocupación era que la golpearan, por lo que había intentado mantenerme cerca de ella para evitar que lo hicieran a cualquier costo. Por suerte esa vez no ocurrió.

Comenzaba el circo de hacerme culpable

A la mañana siguiente vinieron a buscarme para levantarme, "formalmente", las acusaciones. Me hicieron dos causas: “Negarme a ser detenido", y, "Daños”. Expliqué los hechos como acontecieron, y dije que era una vergüenza flagrante que intentaran acusarme de algo que no hice, más bien los acusados deberían ser toda la tropa de abusadores que se presentaron como "agentes de la Contra Inteligencia", perfecto nombre para esos represores y sicarios, como les gritó Yoani.
El “Instructor” apenas hablaba, sólo cumplía órdenes. Hizo su trabajo lo mejor que pudo, pues no accedí a cooperar con la injusticia. Les recordé que ellos eran los primeros que violaban la ley, que no me habían permitido mi llamada telefónica establecida por sus propias leyes. Se quedó callado, no sabía qué responder. Dijo que consultaría con los superiores y que luego me diría. Por supuesto, nunca más volví a verlo, y ni mucho menos recibí el permiso para hacer la llamada telefónica.
De vuelta al calabozo le conté a Claudio lo sucedido, y nos reímos para no llorar de rabia por cinismo gubernamental y sus injusticias. Un rato después vino un oficial a decirme que mi familia estaba en la unidad y que me traían utensilios para el aseo personal. Me preguntó si quería enviarle algún mensaje verbal. Le dije que les hiciera saber que yo estaba feliz y que me encontraba donde mi corazón me había llevado. El oficial me observó como si yo estuviera demente. Pensé que no le daría el recado. Luego supe que sí se lo dijeron, y que entonces mi familia pudo confirmar que yo me hallaba allí. Aproveché para enviarles mi camisa rota y manchada con mi sangre. Creí que quizá los guardias la sacarían de la jaba para no entregársela a mis familiares.
A ratos, Claudio y yo les recordábamos a los calaboceros que teníamos derecho a una llamada telefónica, y ellos nos respondían que sólo se les tenía permitido darnos comida y vigilarnos, pero que no había ninguna autorización sobre otros aspectos, que eso era potestad de la “Seguridad del Estado”.
Mientras tanto, veíamos cómo se les autorizaba a los presos comunes llamar por teléfono cuantas veces quisieran. Como yo había podido pasar a la celda una tarjeta telefónica, se me ocurrió negociar con aquellos delincuentes que, si me hacían una llamada, les dejaba usar la tarjeta; y accedieron. Pero cuando quise que avisaran mi pedido de tomarle foto a la camisa ensangrentada y ponerla en internet, se mostraron nerviosos. Entonces hablé con uno que tenía una fianza de 500 pesos, y su familia no tenía el dinero. Le dije que hiciera la llamada y que de parte mía dijera que le entregaran esa cantidad. Al fin accedió.
Después de almuerzo liberaron a Claudio. Mientras recogía las pertenencias, entre ellas la cámara fotográfica, intentó tomarme una película asomado en el calabozo donde yo extendía la mano con los dedos índice y pulgar erguidos en forma de ele, como símbolo de libertad; pero el calabocero se percató de lo que pretendía hacer y se enfureció.
Luego que Claudio se marchó, sentí caer todo el peso de la soledad sobre mí. Algunos presos comunes me llamaban desde su celda. Uno de ellos, que conocía desde la niñez, me dijo que si aceptaba que él me pasara comida escondida. Le dije que no, que esa trampa me hacía daño a mí, porque socavaba mi decisión de permanecer en huelga. De todas formas no entendió. Tampoco sabré nunca si era enviado por mis captores. Al rato trajeron un detenido por golpear a la esposa. Apenas hablamos, sospeché que podría ser un enviado de la “Seguridad del Estado”.
Llamé al calabocero para que me permitiera asearme, pero me dijo que el recluso que no comía, no se le permitía nada. Al rato me quitaron la ropa y las sabanas. Aquella noche fría tuve que taparme los hombros apenas con el short. Luego trajeron a tres hombres negros, muy fornidos. Era evidente que estaban al servicio de la “Seguridad del Estado”. Contaron sus falsas historias. Y yo les seguí el juego, pero aproveché para decirles todo lo que deseaba gritarles a mis captores. Lo único que me respondían era que me fuera del país, que “Dios le da barba al que no tiene quijada”; se burlaban porque yo podía estar afuera del país, que había viajado a los Estados Unidos, Europa, América, y mira donde me encontraba, que eso era cosa de loco. Y volvía a decirles y a ofenderlos con mis sentimientos. Mientras lo hacía se mantenían en silencio, y sentía que les dolía no poder callarme la boca a piñazos.
En la madrugada llegó un “agente” de la “Seguridad del Estado”. Le grité, desde mi celda, que no deseaba conversar con nadie, que lo único que podían hacer era volverme a golpear, pero que de mí no obtendrían ninguna conversación. El oficial entró a la celda luego de hacer salir a los reclusos. Entonces pensé que volverían a golpearme.

Ángel Santiesteban-Prats
Escritor cubano.