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11 de agosto de 2011

Los intentos fallidos para construime en "agente" VI

Foto: Alejandro Azcuy


Me he preparado para prescindir de mi “abogada”. Ella, como el resto de los juristas apegados al sistema, no pueden hacer nada que no le sea conveniente a la Fiscalía, que es la representante del Estado. La justicia en mi país no tiene las manos atadas, desde hace mucho tiempo se las cercenaron. La balanza de la equidad está soldada a una de sus inclinaciones.

Mi abogada me dice de memoria todos los artículos de procesamiento penal y jurídicos, que han violado con mi persona. Mi representante no tiene opción de acudir a una instancia legal para exigir que se haga justicia. Su palabra es: esperar. La mía es: evolución.

En Cuba en estos momentos hay un grupo de Abogados que a través de las propias leyes del Estado están pidiendo que se les reconozca ser independientes. La Ministra de Justicia hace caso omiso a su petición. La Ministra viola e incumple las propias leyes por las que debe velar.

Dado que mi “abogada” no puede hacer nada al respecto, sólo esperar que la maquinaria del sistema le avise cuándo abrir la boca, contrataré a esos abogados independientes que están más cercanos a mi posición social.

Antes de tomar esta decisión tuve una primera entrevista con el abogado Wilfredo Vallín. Luego de atender pacientemente mi situación legal, ha aceptado representarme. Sólo me ha pedido que redacte los hechos y se los entregue.

Un amigo asustado al saber mi decisión me ha dicho que es un paso para apretar mi soga al cuello. Quizá tenga razón. Es casi seguro que tenga razón. Pero de todas formas no soporto tampoco vivir con la soga acomodada al cuello. Todos sabemos que existimos con la soga al cuello, pero mientras no aprieten no importa, se sobrevive que es lo importante. Algunos están acostumbrados y hasta pueden olvidarse de ella. Otros viven en vigilancia perenne para que no sea apretada, y con sus actos diarios aseguran el status.

En ninguna de las variantes es vida. Yo prefiero que me sea apretada hasta donde dure el oxígeno de mis pulmones.

10 de agosto de 2011

Los intentos fallidos para construime en "agente" V

Foto: AP


El rencor del Estado Totalitario es letal. Es la perenne persecución. Toda una estructura devastadora capaz de irte aniquilando lentamente. Con persistencia están donde menos uno se los imagina, hasta percibir su porción de veneno. Una serpiente mortal que espera su momento para morder. Y siempre es su momento.

Por donde menos esperaba recibí el ataque. Una exmujer fue captada, aprovechando su despecho de tres años de separación, para usarla en mi contra. Sin que medie una sola prueba, he sido acusado de “Violación”, “Robo”, “Intento de Homicidio”, “Amenaza”, “Asedio”, “Lesiones”, “Atropellar a un menor en la vía pública”, entre todos los supuestos delitos, la suma de años sobrepasan los cincuenta. Y otras acusaciones que seguramente estarán por llegar. Es como un mensaje de la mafia: colaboras a las buenas o a las malas. He optado porque sea a las malas. Por lo único que siento preocupación es por no poder cumplir todos los años en caso de ser sancionado. Con la edad que tengo y los años que piden es imposible terminarlos.

Hace poco informé en este blog que me citaron para el Hospital Psiquiátrico de La Habana (Mazorra). No puedo predecir qué están tramando. Luego fui entrevistado por un Teniente Coronel de Operaciones y un Mayor Político, así se identificaron, y me hicieron relatar todas las acusaciones que sostiene la Fiscalía sin una sola prueba en mi contra. Por supuesto, sabía que grababan la conversación. Le hice saber la fabricación de los delitos y que estaba consciente de que era un plan ideado por la Seguridad del Estado para doblegarme y, en caso de persistir, desacreditarme internacionalmente.

Evidentemente ellos no escucharon nada nuevo, lo sabían todo. Supongo que sólo pretendían grabarme o ver el grado de daño que habían logrado en mí. Se habrán sentido decepcionados, pues cada acto de injusticia que comentan contra mí o mis semejantes, es una fuerza agregada a mi voluntad de ser bloguero.

Antes de irme les dije a los oficiales que no me importaba que me condenaran, tampoco que me llevaran a prisión, que estaba convencido que había cumplido con las misiones más importante de las que vine a hacer en esta vida.
1. Tener hijos.
2.
Escribir libros.
3.
Sembrar un árbol, para honor mío, a unos metros de la Campana en la Demajagua.
4.
Y de sobrecumplimiento, he sido un masón disciplinado y entregado a mi Institución.

A partir de eso, todo lo siguiente que podría hacer, sería repetirme, continué diciéndoles, además, que estaba consciente, a través de terceras personas que se habían confesados, que la Seguridad del Estado las presionaba para continuar el hostigamiento contra mí, dije finalmente.

Ellos no opinaron, sólo escucharon y prometieron volverse a reunir conmigo para darme una respuesta a toda la parafernalia que crearon con respecto a mi persona. Sé que el objetivo era ver mi estado de ánimo, mi capacidad de persistencia y la forma de continuar socavando mis fuerzas.

No espero nada bueno de ellos. Ya ni siquiera espero. Decidí olvidarlos, continuar laborando por el progreso humano porque, en algún momento comprendí, que un estado depresivo aparecía con frecuencia en mi psiquis. Y por instantes pensé que lo podían lograr.

Y no hay mejor respuesta que escribir.




Los intentos fallidos para construime en "agente" IV

Foto: Getty Images


Después de la Primavera Negra, cuando detuvieron a los 75 opositores al Gobierno, a través de mi hermana menor, conocí a uno de ellos que había sido excarcelado por enfermedad. Y en la visita a la casa aprecié que su hija era de una belleza absoluta. Creo que fue una simpatía mutua desde el comienzo, y aceptó pasear conmigo, luego ser mi novia.

A decir verdad me burlaba de la disidencia, al menos de aquella que visitaba su casa. La mayoría buscaba aval político para abandonar el país hacia territorio norteamericano. Los padres de mi novia vendían, de su puño y letra, la “evidencia” que luego presentaban en la SINA para la posible aprobación y ganar el status de protegidos de los Estados Unidos. También vendían las donaciones que ofrecía la Oficina de Intereses de los E.U., los radios, cámaras fotográficas, grabadoras, papel de oficina, y los libros de una Biblioteca Independiente que era abastecida constantemente.

Aquellas personas me eran repugnantes por su deshonestidad. Unos mercenarios que se aprovechaban sin misericordia de cuanto estaba al alcance de su mano. Me llamó la atención que la esposa, mi suegra en aquel entonces, no formara parte de las Damas de Blanco. Me dijo que estuvo en contra y las catalogaba de enemigas porque tenían distintas maneras de ver la realidad. Algo que me pareció extraño pero razonable, era su libre albedrío.

Meses después, mi novia me dijo que había sido abordada por un oficial de la Seguridad del Estado y le había pedido que cooperara con ellos. Me dijo que se había negado al asegurarles que era apolítica. Al oficial insistirle pudo comprender que su intención era saber de mí, ¿qué estaba haciendo?, ¿con quiénes estaba interactuando? Le negué, no era posible que estuvieran más interesados en mí que en sus padres. Con seguridad pretenderían que los traicionara, terminé diciendo.

Y ella río convencida de que yo no tenía razón. Hubo segundos de silencio. Supuse que pretendía decirme algo que no lograba captar. Me confesó que no era la primera vez que hablaba con los “agentes”, casi me dio a entender que era una asidua colaboradora. Inferí que traicionaba a sus padres. Pero la mayor sorpresa fue cuando me relató una llamada telefónica de la madre, la cual, antes de hacerla le había pedido privacidad y que se alejara de la cabina, y ella pensando que era un engaño matrimonial contra su padre, se fue acercando sin que su madre se percatara, y escuchó cuando pedía hablar con un oficial y se identificaba como la agente Victoria.

Entonces recordé las historias de su madre subida en la cerca de la prisión del Combinado del Este, exigiendo que le dejaran ver al esposo; que en alguna Mesa Redonda y periódicos había sido mencionada como disidente. Y todo me pareció decepcionante.

No volví a ver a mi novia. La última vez que la encontré regresaba de la SINA, en sus manos llevaba la aprobación de ingreso a los Estados Unidos. Desde entonces comprendí que no vale la pena creer que existen los secretos. Ellos saben más de nosotros que uno mismo. Lo mejor es expresar libremente lo que se siente y lo que se desea.

Y asumir las consecuencias, por supuesto.




25 de julio de 2011

Testimonio: Los intentos fallidos para construirme en "agente" III


Foto: Reuters

Me aterraba saber que podía regresar a las celdas de castigo por otros sesenta días, o quizá más. Pero más terror me causaba imaginarme “cooperando” con los que no creía, con los que consideraba que abusaban de mi país, saberme cómplice me provoca repugnancia. También sabía que para ser escritor en el sistema que me había tocado vivir, llegar al reconocimiento y tener derecho a publicación, infaliblemente había que dar la imagen de apoyo al Gobierno o, al menos, pasar inadvertido, un “compañero de viaje”, apolítico o anarquista. Pero mi literatura crítica al sistema me delataba en cada publicación.

A los pocos días de haber regresado del encierro por sesenta días, recibí una visita en la casa de un hombre que se identificó como “agente” de la Seguridad del Estado. Por mi rostro comprendió que no era bienvenido. Me dijo que sólo ocuparía unos minutos, pues un oficial superior me esperaba cerca para conversar.

Afuera había un auto Lada que me llevó a un apartamento por el reparto Víbora. Después de saludar a los dueños me señalaron que continuara hacia el último cuarto. Me esperaba un Coronel uniformado. Me hizo varias preguntas que mayormente contesté con monosílabos. Fue evidente que no le agradé, o que daba aquellos minutos como un tiempo perdido. Me entregaron lápiz y papel y me pidió que redactara un informe en tercera persona Cuando comprendió mi titubeo me dijo que escribiera sobre cualquier cosa, que para eso era escritor. Ya ni recuerdo qué tonterías pude escribir.

Ni siquiera nos despedimos, sólo hizo una seña y me sacaron de su presencia. Regresé preocupado, el rostro del Coronel decía algo que no pude descifrar. De lo que sí estaba seguro era que sería fatal para mí.

Días después, el mismo oficial que fue a mi casa, me interceptó en la calle y me pidió que lo acompañara a ver si reconocía a unos tipos que eran motoristas al igual que yo y quizá, eran los que lanzaron el Cóctel-Molotov. Me llevaron a un solar, me pidió que entrara hasta el final. Me negué, dije que yo no era policía y no tenía vocación para ello tampoco. Nos dijimos varios insultos y en ese lapso salieron algunas personas que el oficial insistió en que reconociera. Dije no conocerlos. Dos días después tocaron a la puerta de mi casa, al abrir allí estaba un hombre apuntándome con un revolver. El arma estaba al alcance de mi mano y sentí indefensión.

El sonido me pareció ajeno, sólo el susto de la detonación, luego el olor a pólvora. Pensé que había salido ileso pero algo pegajoso me bajaba por la pierna. Busqué y levanté el brazo, y pude ver el orificio. La bala penetró los músculos del brazo, lo atravesó para volver a introducirse por el lado de las costillas hasta llegar al pecho. Una patrulla que “casualmente” estaba cerca, me trasladó al hospital más cercano.

Dos días después apareció el oficial Germán y me reubicó en el Hospital Hermanos Amejeiras, me situaron en una habitación con cámara de seguridad. Los médicos decidieron dejarme la bala dentro porque para extraerla habría que romper el esternón lo que causaría un trauma mayor.

Cuando salí fui a recuperarme a casa de un amigo que me confesó que el mismo Germán le había sugerido que me sacara de la casa, a lo que éste respondió que a los amigos no se abandonaban.

Esa fue la despedida frontal de sus intenciones por construirme como Agente de la Seguridad del Estado. En contra de su voluntad les fui ganando los premios literarios, sobre todo aquellos que no pudieron llegar a tiempo para impedir el voto del jurado como en el año 1992 cuando amenazaron al escritor Abilio Estévez. Desde entonces he sido una espina que les ha evitado el placer de comerse las almas.

Cuando el jurado internacional del premio Casa de las Américas en el 2006, decidió otorgármelo por mi libro Dichosos los que lloran, sintieron malestar. Uno de ellos se me acercó en la Feria del Libro de La Cabaña y me dijo que el premio me había convertido en una vaca sagrada. Que a partir de aquel momento era más peligroso.

Creo que tenía razón. De todas formas le recordé que el sistema fusilaba hasta a sus Generales sagrados, por lo tanto, que importancia podría tener una “vaca” más o una menos.

15 de julio de 2011

Testimonio: Los intentos fallidos para construirme en "agente" I

Foto: Reuters



Saber decir que no cuando se presenta la oportunidad, sin importar lo sorpresivo, la ganancia o el costo a posteriori de la negativa, es lo que nos diferencia de las prostitutas.

Mi rechazo al régimen me llegó desde la juventud, supe que el camino era equivocado y que el pueblo cubano a través del sistema comunista jamás iba a disfrutar de una vida plena y digna como merece después de medio siglo de República.

Cómo olvidar los llamados en la Universidad que le hacían a Amir Valle cuando en plenas clases interrumpían a los profesores para sacarlo del aula y colmarlo de amenazas por lo que dijo o lo que dejó de decir. O la golpiza que le dieron en Jatibonico al escritor Jorge Luis Arzola por asistir a un Taller Literario y luego, en plena noche, lo sacaron de la celda y le repasaron la golpiza. Arzola tenía tantas diferencias y rencores con el sistema que los hacía irreconciliables.

En el año 1994 yo era un escritor poco conocido; fui apresado y llevado a las celdas del cuartel de la Seguridad del Estado en Villa Marista, sospechoso de lanzar varios Cócteles-Molotov en diversos puntos de la ciudad. Tres días con sus noches de interrogatorio me hicieron desfallecer. Era un sueño que producía desmayos, ratos de inconsciencia que eran interrumpidos por gritos, amenazas y empujones que ni siquiera podía rechazar o preferirles alguna ofensa y recordarle que tenía derechos, que estaba vivo. A la semana llegué a sentir que la muerte sería un placer.

Entonces, de imprevisto, me ofrecieron “cooperar”: sólo tenía que localizar quiénes fueron los que lanzaron los Cócteles-Molotov, “solo eso”, me dijeron. No recuerdo si levanté los hombros, moví la cabeza o simplemente en mi estado catatónico, ellos asumieron mi supuesta respuesta positiva. A las doce de la noche fui lanzado a la calle, y las casas daban vuelta y las luces me atormentaban, los ciudadanos me miraban como un alcohólico, pero gracias a la emoción de ver a mi familia, pude llegar a mi hogar.

Varios días después andaba por mí barrio un oficial vestido de civil buscándome para saber algún dato que les pudiera aportar, pero no lograron encontrarme. Me les había ocultado por el suburbio de la Güinera. Allí estuve escondido dos meses. Y esperaron. A su entender les había fallado. Comprendieron que no lograron ablandarme ni hacerme entender que a su lado estaría “protegido”, por lo que dieron paso al plan B.

Sobre mí han usado todas las variantes que, como ser humano al fin, a veces me pregunto si debía haber colaborado; pero de inmediato rechazo tal estupidez. Jamás lo haría. Sé que mi madre saldría de su tumba a vomitarme de asco. Mi hermana se cambiaría el apellido.
Y mis amigos y detractores me retirarían el saludo, porque no hay nada más despreciable que un traidor.